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Los encantados, la película-sueño de largo alcance

Crees que lo has visto todo hasta que ves Los encantados, la película de Ricardo Dávila que provoca un encantamiento envuelto de duermevela, ahí justo en la frontera entre la realidad y el sueño.

Mezcla El discreto encanto de la burguesíaHolly MotorsLa gran belleza, las películas de La escuela de Barcelona y el cine de Kaurismaki. El resultado no tiene nada que ver con Los encantados, pero te dará una pista de los hechos aquí acontecidos.

Soy admiradora ortodoxa del surrealismo purista. Años ha entregué mi alma a Fellini y Buñuel, víctima de la fascinación por el delirio y lo inconexo, pero he hecho hueco a este eclipse maravilloso creado por el talento extraordinario de Ricardo Dávila.

El surrealismo es el género más complejo posible: la estructura narrativa reproduce los razonamientos mentales, conectados por asociaciones de ideas aparentemente inconexas. Del musical a la reflexión de los objetos de madera asociados a la naturaleza femenina, el cante hondo, la pobreza en el mundo o el cinismo de lo divino y lo humano, Los encantados es un delirio maravilloso, desternillante y sorprendente, desconcertante, “muy loquísimo”.

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Admiro salvajemente el guión -especialmente brillante en las secuencias corales-, lleno de un ingenio bizarro y brillante. El texto de Dávila es un desafío valeroso a los manuales de guión y las ideas preconcebidas, una demostración de estilo, fabulación y ensoñación.
Y un elenco loquísimo: implicado, motivado y altamente inspirado. La sintonía queda y el resultado embellece: actores disfrutando, en total sintonía, hablando de una forma especial, más bonita de lo normal, para que el texto resuene.
La interpretación imponente de Albert Rocapatriarcando la locura, entre el maestro de ceremonias de Cabaret y el Dick Bogarde de El sirviente ¿Queréis algo o algo?; jovialidad contagiosa de Esther Acebo; la risotada de Carolo Ruiz. Y mi descubrimiento actoral de los últimos tiempos: Ángela Boj, una actriz de serenidad poderosa, una voz hipnótica y una vis cómica de verosímil y delicada, entre la Julie Andrews de Sonrisas y lágrimas y Susan Sarandon en Rocky Horror Picture Show.
La factura, impecable -calculo que sus autores, 3, andan en el ecuador de la veintena- retrata los interiores de la casa con el recogimiento de Gritos y susurros y la inquietud de Los otros, una iluminación de bodegón clásico y tonos cálidos que me recuerda a Ojos negros: corrección formal para contrastar con el desvarío. Y un piar de jilgueritos acompañando las secuencias de día que suena a José Ignacio Arrufat, el poeta de la postproducción de sonido.

Uno no sabe lo que tiene hasta que no lo tiene. Y eso es lo que nos hace ser conscientes y valorar lo que tenemos cuando todavía lo tenemos. De repente, nos ponemos a comparar y vemos que otros están peor.

Que mi belleza gira en torno a tu vértigo. Que no soy bella si no me miran tus ojos y te caes.

 

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