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Nocturnidad compartida

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Mi condición romántica y mi antipatia por las multitudes me han mantenido alejada de las bacanales. Sin embargo, hoy he dormido acompañada de un grupo de personas sin identidad ni número.

El acontecimiento se ha originado debido a dos circunstancias: un patio vecinal y una noche de insomnio. No concilio el sueño porque mañana viajo temprano y porque en esta habitación murió mi abuelo. El calor ardiente me lleva a abrir la ventana buscando una salida de humos. En su lugar, se inicia una comunión durmiente en la que participan unos vecinos invisibles que también padecen duermevela.

Primero, escucho una respiración profunda parecida a un ronquido. Afortunadamente, no la confundo con el espíritu de mi abuelo gracias a un timbre femenino. Voy detectando nuevas respiraciones que coinciden en el eco del patio. Una tos seca rebota violentamente contra la pared norte, amplificada por la ropa tendida. Desata una simpatía química: otras toses responden a la primera, como quien carraspea por vicio cuando la orquesta afina sus instrumentos.

El jolgorio gutural amaina hasta recuperar el ritmo de las respiraciones constantes. Son las 2 h. Son las 3 h. Una luz se enciende deslumbrando el patio. Barajo todas las posibilidades que pueden explicar semejante atropello, enseguida una cisterna delata la operación. Unos pasos que vuelven, vuelta a la oscuridad.

La solución es comer un plátano. En plena excitación por semejante ocurrencia me descubro levantándome con un sigilo delicado para preservar el sueño de mis compañeros. El plan era perfecto hasta que me enfrento al pasillo oscuro que me devuelve al dormitorio desde la cocina. Olvido toda solidaridad y enciendo todas las luces porque un pasillo en la noche de otra casa es una manifestación tenebrosa. Aterrizo en la cama dando un salto heroico y vuelvo a sintonizar con el patio silencioso después de experimentar efectos sonoros atronadores de mi propio masticar.

El tren de las 4 h. pasa por la estación de San Francisco. Movimientos de sábanas, estamos juntos en esto. Conecto con la idea del cine como experiencia vivida en la sala de cine: las risas al unísono, los llantos ahogados por las mismas penas, la respiración contenida.

La experiencia colectiva me resulta un fenómeno lejano: soy madrileña e individualista. Y me he quedado dormida. Pero me despierto a tiempo de ver el primer rayo de sol atravesando los calzones tendidos en la pared sur, impactando en el durmiente del 4o izquierda.  

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